Insomnio: cuando el problema no es la noche

INSOMNIO: CUANDO EL CEREBRO OLVIDA CÓMO DESCANSAR

A veces uno se acuesta agotado, hace “todo bien”: apaga el celular, baja las luces, respira hondo… y sin embargo la mente sigue despierta. Escucha, evalúa, anticipa.
No es mala suerte. Tampoco simple ansiedad. Lo que ocurre es que el cerebro, en lugar de prepararse para dormir, se comporta como si la noche fuera una guardia.

El insomnio no siempre es falta de sueño. Muy a menudo, es exceso de vigilia. El sistema de activación —esa red cerebral que nos mantiene alerta durante el día— se queda encendido cuando llega la hora de descansar. El interruptor no baja del todo, y el organismo permanece en un estado intermedio: no completamente dormido, pero tampoco plenamente despierto.

Una vigilia que no se apaga

La ciencia del sueño describe tres planos donde este “encendido residual” se manifiesta:

  • Cognitivo: la mente no se entrega al descanso, sino que observa el sueño con lupa. Se pregunta si dormirá, si mañana funcionará, si ya pasaron veinte minutos o dos horas.
  • Fisiológico: el cuerpo mantiene señales de alerta: respiración superficial, pulso ligeramente elevado, tensión muscular.
  • Aprendido: con el tiempo, la cama deja de ser sinónimo de descanso. Se convierte en un lugar de esfuerzo, de intento y frustración.

Estos niveles se refuerzan entre sí, creando un bucle que puede mantenerse mucho después de que el motivo inicial —estrés, duelo o cambio vital— haya desaparecido. En ese punto, el insomnio deja de ser un síntoma y se vuelve un hábito neurofisiológico aprendido.

La trampa del esfuerzo

Una de las paradojas más frustrantes del insomnio es que cuanto más se intenta dormir, más difícil se vuelve.
Dormir es una función automática, no voluntaria. No podemos “hacer dormir” igual que no podemos “forzar” una digestión. Cuando tratamos de controlar algo que debería suceder de manera espontánea, aumentamos la activación del sistema de vigilancia.

Por eso tantas personas reportan frases como:
"Me dormí, pero siento que no descansé."
"Estoy agotado, pero al acostarme se me prende la cabeza."

Qué sabemos desde la investigación

Los estudios clínicos y de neuroimagen muestran un patrón consistente: las personas con insomnio presentan una actividad cerebral, metabólica y cardíaca más alta de lo normal durante la noche. Esta hiperactivación se combina con condicionamientos aprendidos (como la asociación entre cama y preocupación) y con conductas de mantenimiento, como pasar demasiado tiempo en la cama intentando “recuperar sueño” o dormir siestas largas para compensar.
El resultado es un círculo que refuerza el problema. Por eso la pregunta útil no es ¿qué me falta para dormir?, sino ¿qué está manteniendo mi vigilia encendida?

Lo que no significa

Hablar de “exceso de vigilia” no es minimizar el problema.
No significa que el insomnio sea “solo psicológico”, ni que dependa de la voluntad o de la actitud personal. Es un fenómeno en el que el cuerpo, el cerebro y la mente colaboran para mantener el estado de alerta fuera de contexto. Y como cualquier patrón aprendido, puede reeducarse.

Cómo se aborda

El tratamiento más respaldado por la evidencia es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio (CBT‑I).
Su objetivo no es “forzar el sueño”, sino reentrenar el sistema sueño–vigilia. Se trabaja sobre los pensamientos, asociaciones y hábitos que alimentan la hipervigilancia, y se enseña al cerebro a confiar nuevamente en su capacidad natural de apagarse.


Esto va más allá de los “trucos para dormir”: se trata de restaurar una función biológica a su equilibrio original.

Cuándo consultar

Conviene pedir una evaluación profesional cuando el insomnio:

  • dura más de tres meses,
  • ocurre varias noches por semana,
  • afecta la energía, concentración o estado de ánimo,
  • o requiere medicación o alcohol para conciliar el sueño.

También es importante consultar si aparecen ronquidos intensos, pausas respiratorias, movimientos nocturnos o somnolencia excesiva durante el día, ya que pueden indicar otros trastornos del sueño que requieren evaluación médica específica.

Dormir no es un lujo: es una función vital, tan esencial como respirar o alimentarse. Comprenderlo como una dinámica de activación y descanso —no como un fallo de voluntad— es el primer paso para tratarlo de verdad.

Porque el sueño no se conquista.

Se permite.